Con la única intención de encontrarse con su Dios sin entorpecer con los quehaceres del hogar y del trabajo, Conchi entró a la habitación que acostumbraba visitar en horas tempranas desde hacía varios años.

Sin sospechar la inigualable gracia que estaba a punto de recibir, entró al mismo cuarto donde por mucho tiempo rogó a Dios la bendición de su vientre para poder albergar una nueva vida.

 Sin embargo, en esta oportunidad todo fue diferente. Una vez que abrió la puerta, el cuarto no era el mismo. Las paredes desaparecieron ante sus ojos, un viento cálido se adueñó del lugar y apenas alcanzó a ver una nube oscura que se dirigía a una velocidad considerable hacia ella. No lo pensó dos veces y echó a correr arrebatada por el miedo.

Sólo atinó a confiarle aquella extrañeza a su esposo, quien, pese a su incredulidad, fue el que finalmente la convenció al tercer día para que se dirigiera de nuevo a su cuarto de oración. Tratando de burlar el temor y el nerviosismo, así lo hizo.

No bien había entrado a la habitación contigua cuando el escenario se reeditó, pero esta vez todo ocurrió más rápido. La nube densa y gris avanzó con mayor velocidad hacia ella, pero con una particular característica: sobre aquella neblina se erguía la mujer más bendita y hermosa que haya existido entre cielo y tierra.

Ni los rayos espontáneos que alumbraban la habitación, ni siquiera las decenas de ángeles que completaban aquella preciosa imagen, pudieron distraer su atención de la belleza y la ternura hechas mujer.

Su voluntad cedió y así de rodillas cayó postrada, invadida por las lágrimas e inerte, sólo para contemplar el cuadro más sublime: sus ojos eran inmensos y color miel; el matiz de su pelo asemejaba al trigo recién cortado, ondulado y largo hasta la mitad de su espalda; el viento jugueteaba con el azul añil de su manto, mientras miles de estrellas titilaban sobre él; tenía cejas gruesas pero bien definidas; pómulos altos; labios delineados; pies y manos finas; y 12 estrellas completaban la escena flotando alrededor de su cabeza. Era María Santísima, la Madre Inmaculada de Dios.

“Ave María. Quien tú estás viendo, ésa soy Yo”. Tal fue el saludo de la Madre celestial y allí quedaron ambas, contemplándose, hablándose sin palabras, en profunda meditación y rodeadas por la paz que sólo el Padre Creador puede dar…

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